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Situación y perspectiva tras los primeros meses de gobierno Sandinista (2007)
Sinopsis
1. La gobernabilidad nicaragüense. Los bajos niveles de los indicadores sociales, económicos y político – institucionales de Nicaragua son bien conocidos, aún en la comparación latinoamericana. No es necesario recordarlos aquí. Pero se debe subrayar que en dos aspectos fuertemente asociados a la ocurrencia de crisis de gobernabilidad (la satisfacción de las expectativas de la población durante períodos relativamente extensos, como una generación o más, y la independencia y profesionalidad de las judicaturas, como soportes institucionales necesarios de lo que suele llamarse “ciudadanía cívica”), la situación actual nicaragüense es crítica. En materia de gobernabilidad el país está en una “zona de riesgo”.
2. Crisis y posibles recaídas. Nicaragua efectivamente experimentó serios problemas de gobernabilidad entre fines de 2004 y principios de 2005, problemas cuyo trasfondo tal vez no ha sido aún resuelto, sino “congelado” como resultado de una mediación de la OEA (mediación que sí pudo salvar la situación muy difícil del entonces presidente Bolaños). En este marco, una de las metas centrales sería, precisamente, evitar la posible repetición de una crisis de esa magnitud.
3. La oportunidad sandinista. El nuevo gobierno del FSLN es un cambio genuino (renueva elencos de gobierno, propuestas) y democrático (surge de elecciones competitivas cuyo resultado, en lo esencial, ha sido aceptado y reconocido por todos los actores relevantes). También es visto como un gobierno fuerte. Tendría, entonces, la oportunidad de avanzar en los problemas de fondo de la sociedad nicaragüense, y también, en particular, de salir de la “zona de riesgo” recién mencionada en (1.), o al menos de avanzar en esa dirección, evitando recaídas en crisis de gobernabilidad como la indicada en (2.), crisis cuyas consecuencias finales suelen ser imprevisibles.
4. Los primeros meses del gobierno sandinista. Según la población y las elites nicaragüenses, estos primeros meses no fueron tan buenos como esperaban sus votantes, pero tampoco tan malos como auguraban sus adversarios. El ánimo de la población mejoró, en parte porque el FSLN es la minoría mayor (y las opiniones suelen estar muy partidizadas), pero en parte también porque desde muchos puntos de vista el cambio de gobierno fue percibido como un cambio significativo. Este cambio abrió esperanzas, y en particular uno de sus aspectos fue claramente percibido por las elites y la población: este nuevo gobierno era fuerte (la comparación implícita con la presidencia de Bolaños es muy evidente), podía gobernar, y por lo tanto podía “hacer algo”. La población seguía viendo los mismos graves problemas que veía antes (para el 80% de los nicaragüenses, el desempleo, la situación de la economía, la pobreza), pero quizás ahora se pudiera hacer algo al respecto. Sin embargo, las esperanzas eran cautelosas y el optimismo limitado: la aprobación a la gestión del gobierno era menor que su votación, y la predisposición a emigrar, que ya era muy elevada, aumentó significativamente.
5. Cambios, y también continuidades. Para la población y para las elites los cambios eran importantes, pero también las continuidades, o al menos una gran continuidad: la escena seguía dominada por los partidos “pactistas” (que formalmente no eran gobierno, pero habían bloqueado y casi derribado al presidente anterior). Esta tensión parece encerrar buena parte de los desafíos del gobierno sandinista.
6. El argumento en contra del “pactismo”. Para una parte de la población y de las elites nicaragüenses, el “pactismo” tiende a ser visto como la continuidad de cierta política tradicional: clientelista, patrimonialista y cupular (aunque la población, naturalmente, no use estos términos). Este estilo político sería el responsable de los principales problemas del país (que son económicos y sociales, pero cuyas causas serían principalmente políticas). No ayudaría a la consolidación de la democracia, ni al crecimiento económico, ni al desarrollo humano. Este “pactismo” en particular asocia dos fuerzas políticas (FSLN, PLC) percibidas como muy heterogéneas: de raíces e inclinaciones muy diferentes. En la experiencia comparativa, esta clase de pactos tiende a ser interpretado como al servicio de los intereses particulares de los pactistas, y suele tener consecuencias (a mediano y largo plazo) francamente negativas para los pactantes.
7. El argumento a favor del “pactismo”. Para otra parte de la población y de las elites nicaragüenses, el país tiene muchos y graves problemas económicos y sociales (en este diagnóstico todos coinciden), en el marco de un débil o nulo apego a las instituciones, y también, o tal vez especialmente, con una política muy establemente dividida, con severas dificultades para formar mayorías claras. En estas condiciones, Nicaragua sería “objetivamente” casi ingobernable, y la única manera de construir un orden básico sería a través de pactos clara y sólidamente mayoritarios (como el “pactismo” de hoy). Pero: siendo Nicaragua como efectivamente es, esta clase de pactos sólo puede construirse con los procedimientos del “pactismo” de hoy. Sólo así se podría comprar estabilidad y tiempo para construir un futuro mejor. Esta es, de alguna manera, una teoría del “mal menor”.
8. La estrategia del mal menor. En estas dos grandes familias de argumentos (a favor y en contra del pactismo) reposan dos grandes estrategias políticas alternativas. Una de ellas apuesta a mantener (al menos a corto plazo) el “pactismo” y las prácticas tradicionales (y con ellas la discrecionalidad de las decisiones), para ganar tiempo y maximizar la gobernabilidad, a costa de arriesgar gravemente el futuro de los partidos (y el de la consolidación de la democracia y las perspectivas de desarrollo).
9. La estrategia del fortalecimiento institucional. La otra estrategia busca nuevos estilos de hacer política, y en el plano institucional, nuevas sustancias, para poder renovar el crédito ciudadano, y con él las perspectivas de los partidos hoy mayoritarios (afirmando simultáneamente las perspectivas de la consolidación democrática y del desarrollo). Pero esto sólo puede hacerse al precio de perder discrecionalidad y control. En última instancia, al precio de perder cuotas de poder. Esta segunda alternativa es una apuesta de largo plazo, que a corto plazo requiere el recorte de la influencia y poder de las cúpulas actuales de los partidos mayores.
10. En este marco, y en la medida en que los observadores externos pueden opinar, podría decirse que en las actuales circunstancias (nacionales, regionales, mundiales) la mejor estrategia para Nicaragua (y también, incidentalmente, para sus principales fuerzas políticas contemporáneas) es la del fortalecimiento institucional. Tiene riesgos muy reales, pero no parecen ser significativamente mayores que los de la estrategia alternativa (excepto, tal vez, para los intereses de corto o muy corto plazo de las principales cúpulas partidarias). Las recompensas potenciales, en cambio, son significativamente mayores. Cualquiera sea el caso, hoy en día las opiniones (y eventualmente acciones) externas son relativamente (y afortunadamente) secundarias y accesorias; como se sabe, no siempre fue así. Pero hoy, finalmente, los nicaragüenses (y sólo los nicaragüenses) pueden construir un futuro mejor para sí mismos.
